En estos meses de 2025, el mundo asiste a un fenómeno preocupante y doloroso: una
marea de antisemitismo que se esconde bajo la capa del activismo político y la
condena al conflicto en Gaza. El término genocidio se ha convertido en el arma
preferida de una campaña de odio, repetido hasta la saciedad, despojándolo de su
significado histórico y jurídico. Esta devaluación semántica no es casual; su propósito
es incitar a la indignación masiva y, en última instancia, señalar a un chivo expiatorio
milenario: el pueblo judío.
El antisemitismo no es una mera opinión política o una crítica a un Estado. Es un
sentimiento profundo, visceral, que emerge de la misma cloaca del alma humana que
engendra el racismo, la xenofobia y la aporofobia. Es la manifestación de una
necesidad psicológica de culpar al otro por las desgracias del mundo. Hoy, esta
inclinación se disfraza con la retórica de la justicia social, pero en su núcleo sigue
siendo el mismo odio ancestral.
Se pasa por alto, de forma deliberada o por ignorancia, que la acción militar israelí, por
muy dolorosa que sea y por muy alto que sea el costo en vidas civiles, no puede ser
calificada de genocida. Una mirada a los conflictos más devastadores de la historia
revela una diferencia fundamental en la práctica militar y la intención de las partes.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo de Dresde por las fuerzas aliadas
causó la muerte de aproximadamente 25.000 personas en un solo ataque, sin previo
aviso a la población. De manera similar, las bombas atómicas sobre Hiroshima y
Nagasaki, con un saldo de hasta 246.000 muertes, fueron lanzadas sin la menor
advertencia, buscando la destrucción total sin distinción entre combatientes y civiles.
La intención de estos ataques era aniquilar.
En marcado contraste, el ejército israelí, aun con los errores inherentes a cualquier
conflicto, utiliza una práctica que, si bien puede ser insuficiente, muestra una intención
diametralmente opuesta. Antes de los bombardeos, se anuncian las zonas de ataque, se
facilitan vías de evacuación y se designan lugares de refugio para que la población
civil pueda ponerse a salvo. Mientras que en las guerras pasadas se buscaba maximizar
la destrucción, en este conflicto las víctimas civiles se deben, en gran medida, a la
deleznable táctica de la organización terrorista HAMAS. Esta entidad utiliza a la
población palestina como escudo humano, situando sus centros de mando y almacenes
de armas bajo hospitales, escuelas, mezquitas e iglesias, convirtiendo a civiles
inocentes en objetivos indirectos y exponiéndolos al peligro de forma premeditada.
El verdadero "genocidio" es el que se perpetra contra el significado de las palabras. Al
calificar de genocida una guerra con un alto número de bajas civiles, pero en la que se
toman medidas, aunque imperfectas, para minimizar el daño a la población, se despoja
al término de su poder de condena, haciendo que pierda su peso moral cuando sea
necesario denunciar un genocidio real. Esta distorsión del lenguaje no solo es una falta
de respeto a las víctimas del Holocausto, de Ruanda y de otros genocidios históricos,
sino que también es una herramienta de una campaña de odio que parece no tener fin.
La instrumentalización de la historia y el nacionalismo palestino
La campaña actual de antisemitismo se apoya en una historia simplista y sesgada que
ignora las complejas circunstancias históricas. Es crucial recordar que, durante el
dominio del Imperio Otomano y el posterior Mandato Británico, el nacionalismo
palestino como lo conocemos hoy no existía. La identidad de la población árabe de la
región estaba ligada a una identidad árabe más amplia, no a un Estado palestino
independiente.
Cuando en 1947 la ONU votó a favor de un plan para la partición de Palestina en dos
estados, uno judío y otro árabe, fueron los líderes árabes y no los judíos quienes
rechazaron la propuesta. En lugar de aceptar la creación de su propio Estado, optaron
por la guerra con el objetivo declarado de exterminar a la población judía. Al no lograr
su objetivo, el Estado de Israel se consolidó, mientras que los territorios asignados a un
Estado palestino quedaron bajo el control de los países árabes vecinos: la Franja de
Gaza fue administrada por Egipto, y Cisjordania fue anexionada por Jordania. En ese
momento, no se escucharon voces reclamando un Estado palestino. En cambio, los
palestinos de estas zonas iniciaron una serie de sangrientos atentados contra Israel.
Este patrón histórico sugiere que la base del nacionalismo palestino, en muchos de sus
movimientos más radicales, no ha sido la construcción de un Estado, sino el rechazo a
la existencia de un Estado judío. De hecho, cuando Israel se retiró de Gaza en 2005 y
evacuó a sus colonos, la oportunidad para la autodeterminación palestina fue
desaprovechada. Las enormes ayudas internacionales que se inyectaron en la región se
desviaron para enriquecer a los líderes de HAMAS y para financiar su infraestructura
terrorista, en lugar de construir una administración funcional para el bienestar de su
pueblo.
La falacia de la propaganda antisemita
La actual ola de antisemitismo en países como España, fomenta una propaganda
engañosa que ignora la historia y la realidad del conflicto. Se utilizan montajes
fotográficos y videos manipulados para presentar a los habitantes de Gaza como
víctimas pasivas de un bombardeo indiscriminado, condenadas al hambre y a la
desesperación. Esta narrativa, diseñada para conmover a un mundo predispuesto a
creer en la maldad judía, oculta verdades incómodas.
HAMAS, que controla Gaza, ha roto la tregua con Israel en innumerables ocasiones, a
pesar de que este último país suministraba gran parte del agua y la electricidad a la
Franja. El ataque del 7 de octubre de 2023, que incluyó la masacre de civiles y la toma
de rehenes, fue el culmen de una estrategia de terrorismo sistemático y el detonante de
la actual guerra.
La doctrina de los dos estados, que muchos líderes occidentales promueven, se
convierte en una farsa cuando los actores más influyentes de la región, como
HAMAS, niegan la existencia del Estado de Israel y abogan por un Estado palestino
entre el Mediterráneo y el Jordán, lo que implicaría la desaparición de los millones
de judíos que viven allí. El antisemitismo de hoy, disfrazado de anti-sionismo, utiliza
esta falacia para justificar un odio que nunca desapareció y que, en estos tiempos
convulsos, ha vuelto a resurgir con virulencia.
La magnitud y el potencial de esta campaña antisemita, orquestada con una narrativa
tan convincente y emocional, generan un efecto paralizante incluso en quienes
perciben la falacia de su razonamiento. El discurso de odio, al presentarse como una
causa justa y popular, incita a la autocensura. Ante lo que se percibe como un
sentimiento anti-judío generalizado, muchas personas, incluso aquellas bien
informadas, optan por el silencio y el retraimiento en lugar de enfrentarse a una marea
de hostilidad. Este retraimiento colectivo no sólo legitima la propaganda, sino que
también crea un vacío en el debate público, permitiendo que la narrativa sesgada y el
odio prosperen sin oposición.
Faustino Castaño